Biblioteca l Pena Capital l Nuestro Marx

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1992
Informatización de la biblioteca Microisis, cedido por UNESCO
1998
Actualización informática
Winisis, idem.

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La Biblioteca de la Fundación Rodney Arismendi cuenta con la colección Marx – Engels Gesamtausgabe (MEGA) editada en Alemania por Internationalen Marx-Engels Stiftung (Fundación Internacional Marx-Engels). Se trata de las obras completas de ambos autores en el idioma original y contiene los trabajos preparatorios, los inéditos, el debate y la correspondencia. Incluye asimismo otras expresiones como poemas, teatro, dibujos, reflexiones informales. En Uruguay esta colección sólo puede encontrarse en nuestra Biblioteca.
Continuando una tarea de divulgación comenzada en el Anuario, publicamos parte de un artículo de Marx sobre la pena de muerte y la represión del delito.

PENA CAPITAL

New York Daily Tribune

Nº 3695, 18 de febrero de 1853
Correspondencia de The N.Y. Tribune

Londres, Viernes 28 de enero de 1853.

El Times del 25 de enero contiene las siguientes observaciones bajo el encabezado de “Horca Amateur”:
“Se ha señalado a menudo que en este país una ejecución pública generalmente es seguida de cerca por hechos de muerte por ahorcamiento, ya sean suicidios o accidentes, a consecuencia del poderoso efecto que la ejecución de un criminal connotado produce en las mentes mórbidas o inmaduras.”
De los diversos casos que The Times(1) presenta ilustrando esta observación, uno es el de un lunático en Sheffield, quien, después de haber conversado con otros lunáticos sobre la ejecución de Barbour, puso fin a su existencia ahorcándose. Otro caso es el de un muchacho de 14 años, que también se colgó.
La doctrina que se pretende sustentar con esta enumeración de hechos, es algo que ningún hombre razonable sería capaz de adivinar, siendo nada menos que una directa apoteosis del verdugo, al tiempo que la pena capital es alabada como la ultima ratio de la sociedad. Esto se hace en una artículo editorial en el “primer diario”.
The Morning Advertiser, en amarga pero justa censura acerca de la predilección por la horca y la lógica sangrienta de The Times, aporta los siguientes e interesantes datos sobre 43 días del año 1849:

Ejecuciones de   Muertes y suicidios  
Millan Marzo 20 Hannah Sandles
M. G. Newton
Marzo 22
Marzo 22
Pulley Marzo 26 J. G. Gleeson – 4 asesinatos
en Liverpool
Marzo 27
Smith Marzo 27 Asesinato y suicidio en Leicester Abril 2
Howe Marzo 31 Envenenamiento en Bath
W. Bailey
Abril 7
Abril 8
Landick Abril 9 J. Ward asesina a su madre Abril 13
Sarah Thomas Abril 13 Yardley
Doxey, parricidio
J. Bailey mata sus dos hijos y
se suicida
Abril 14
Abril 14
Abril 17
J. Griffiths Abril 18 Chas, Overton Abril 18
J. Rush Abril 21 Daniel Holmsden Mayo 2

Como lo reconoce The Times, esta tabla muestra no sólo suicidios, sino también asesinatos de la clase más atroz, inmediatamente posteriores a la ejecución de criminales. Es sorprendente que el artículo en cuestión ni siquiera produzca un solo argumento o pretexto para consentirse la salvaje teoría que postula; y sería muy difícil, si no absolutamente imposible, establecer algún principio sobre el que se pudiera fundar la justicia o la conveniencia de la pena capital, en una sociedad que se glorifica de su civilización. El castigo en general ha sido defendido como un medio de mejoramiento o de intimidación. Ahora bien, ¿qué derecho se tiene de castigarme a mí para el mejoramiento o la intimidación de otros? Y además, está la historia –hay algo llamado estadísticas- que prueba con la más completa evidencia que desde Caín el mundo no ha sido ni mejorado ni intimidado por el castigo. Todo lo contrario. Desde el punto de vista del derecho abstracto, hay sólo una teoría del castigo que reconoce la dignidad humana en abstracto, y es la teoría de Kant, especialmente en la formulación más rígida que le dio Hegel. Hegel dice:
“El castigo es el derecho del criminal. Es un acto de su propia voluntad. La violación del derecho ha sido proclamada por el criminal como su propio derecho. Su crimen es la negación del derecho. El castigo es la negación de esa negación, y consecuentemente una afirmación del derecho, solicitado y forzado contra el criminal por él mismo.”
Hay sin duda algo engañoso en esta formulación, en tanto que Hegel, en lugar de mirar al criminal como un mero objeto, un esclavo de la justicia, lo eleva a la posición de un ser libre y autodeterminado. Sin embargo, mirando más de cerca el asunto, descubrimos que aquí el idealismo alemán, como en muchas otras ocasiones no ha hecho sino dar una sanción trascendental a las normas de la sociedad existente. ¿No es una ilusión sustituir al individuo con sus motivos reales, con las multifacéticas circunstancias sociales que presionan sobre él, por la abstracción del “libre albedrío” –una entre las muchas cualidades del hombre por el hombre mismo? Esta teoría. que considera al castigo como el resultado de la propia voluntad del criminal, es sólo una expresión metafísica del viejo “jus talionis”: ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre. Hablando claro, y prescindiendo de paráfrasis, el castigo no es sino un medio de la sociedad para defenderse contra la infracción de sus condiciones vitales, cualquiera sea su carácter. Ahora bien, ¿cuál es el estado de una sociedad que no conoce mejor instrumento para su propia defensa que el verdugo, y que, a través del “principal diario del mundo”, proclama su propia brutalidad como ley eterna?
El Sr. A. Quételet, en su excelente y erudito trabajo “L’Homme et ses Facultés” dice:
“Hay una carga fiscal que pagamos con terrible regularidad –es la de las prisiones, calabozos y patíbulos... Podríamos incluso predecir cuántos individuos mancharán sus manos con la sangre de sus prójimos, cuántos serán falsificadores, cuántos traficarán con venenos, casi de la misma manera en que podemos anticipar los nacimientos y muertes anuales.”
Y el Sr. Quételet, en un cálculo de probabilidades sobre la criminalidad publicado en 1829, realmente predice con sorprendente certeza, no sólo la cantidad sino todas las diferentes clases de crímenes cometidos en Francia en 1830. Que no son tanto las particulares instituciones políticas de un país como las condiciones fundamentales de la moderna sociedad burguesa en general, lo que produce la cantidad promedio de crímenes en una determinada fracción de la sociedad, se puede ver en las siguientes tablas, comunicadas por Quételet, para los años 1822-24. Encontramos en el total de 100 criminales condenados en América y Francia:

Edad Filadelfia Francia
Menores de 21 años 19 19
De 21 a 30 44 35
De 30 a 40 23 23
Mayores de 40 14 23
Total 100 100

Ahora bien, si el crimen así observado en gran escala muestra, en su magnitud y en su clasificación, la regularidad de los fenómenos naturales –si, como hace notar el Sr. Quételet, “sería difícil decidir respecto a cuál de los dos (el mundo físico y el sistema social) las causas eficientes producen su efecto con mayor regularidad” -¿no es necesario reflexionar profundamente acerca de una alteración del sistema que genera estos crímenes, en lugar de glorificar al verdugo que ejecuta una cantidad de criminales sólo para hacer lugar a una nueva provisión de ellos?

(1) Se mantienen todos los énfasis del original. Los nombres de los periódicos mencionados no ha sido traducidos. Igualmente se mantienen las expresiones en latín o francés utilizadas por Marx.

Tomado de MEGA – v.I / 12 – Dietz Verlag – Berlín – 1984 – Págs. 24 y ss.
Original en inglés.
Selección del Prof. Ruiz Pereyra Faget
Traducción de la Prof. María L. Battegazzore

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Continuando la labor de difusión de materiales de la biblioteca de la Fundación,
ofrecemos un texto de Antonio Gramsci.

NUESTRO MARX

Sin firma, tomado de “Il grido del Popolo”, 4 de mayo de 1918.

¿Somos marxistas? ¿Existen los marxistas? Necedad, tú sola eres inmortal. La cuestión será retomada en estos días, en ocasión del centenario (1), y correrán ríos de tinta y de necedades. La grandilocuencia y el bizantinismo pertenecen al patrimonio inmarcesible de los hombres. Marx no ha escrito una pequeña doctrina, no es un mesías que haya dejado una sarta de parábolas henchidas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio. Único imperativo categórico, única norma: “Proletarios de todo el mundo, uníos”. El deber de la organización, la propaganda del deber de organizarse y asociarse, debería por lo tanto discriminar a los marxistas de los no marxistas. Muy poco y mucho: ¿quién no sería marxista?

No obstante así es: todos son marxistas, un poco inconscientemente, Marx fue grande, su acción fue fecunda, no porque haya inventado algo, no porque haya sacado de su fantasía una visión original de la historia, sino porque lo fragmentario, lo incompleto, lo inmaduro, en él se volvió madurez, sistema, conocimiento. Su conocimiento personal puede volverse de todos, ya se ha vuelto de todos: por este hecho no es solo un estudioso, es un hombre de acción; es tan grande y fecundo en la acción como en el pensamiento, sus libros transformaron el mundo, así como han transformado el pensamiento.

Marx significa el ingreso de la inteligencia en la historia de la humanidad, reino del conocimiento.

Su obra llega en el mismo período en el que se desarrolla la gran batalla entre Tomás Carlyle y Heriberto Spencer sobre la función del hombre en la historia.

Carlyle: el héroe, la gran individualidad, mística síntesis de una comunión espiritual, que conduce los destinos de la humanidad hacia una meta desconocida, evanescente en el quimérico país de la perfección y de la santidad.

Spencer: la naturaleza, la evolución, abstracción mecánica e inanimada. El hombre: átomo de un organismo natural, que obedece a una ley abstracta como tal, pero que se torna concreta, históricamente, en los individuos: la utilidad inmediata.

Marx se planta en la historia con la sólida cuadratura de un gigante: no es un místico ni un metafísico positivista; es un hombre histórico, es un intérprete de los documentos del pasado, de todos los documentos, no solo de una parte de ellos.

Este era el defecto intrínseco de la historia, de la investigación sobre los acontecimientos humanos: examinar y tomar en cuenta solo una parte de los documentos. Y esta parte se elegía no por la voluntad histórica, sino por el prejuicio partidario, aunque tal fuese inconsciente y de buena fe. Las investigaciones no tenían como fin la verdad, la exactitud la recreación integral de la vida del pasado, sino la exaltación de una actividad particular, darle valor a una tesis apriorística. La historia era el solo dominio de las ideas. El hombre era considerado como espíritu, como conciencia pura. Dos consecuencias erróneas derivaban de esta concepción: las ideas consideradas válidas eran a menudo solamente arbitrarias, ficticias. Los hechos a los que se les daba importancia eran anecdótica, no historia. La historia que fue escrita, en el verdadero sentido de la palabra, se debió a la intuición genial de individuos singulares, no a la actividad científica sistemática y propia del conocimiento.

Con Marx la historia continúa siendo el dominio de las ideas, del espíritu, de la actividad consciente de los individuos singulares o asociados. Pero las ideas, el espíritu, se sustancian, pierden su arbitrariedad, no son más ficticias abstracciones religiosas o sociológicas. Su esencia está en la economía, en la actividad práctica, en los sistemas y en las relaciones de producción y de cambio. La historia como suceso es pura actividad práctica (económica y moral). Una idea se realiza no en cuanto lógicamente coherente con la verdad pura, con la humanidad pura (que existe solo como programa, como fin ético general de los hombres), sino en cuanto encuentra en la realidad económica su justificación, el instrumento para afirmarse. Para conocer con exactitud cuales son los fines históricos de un país, de una sociedad, de un agrupamiento, importa primero de todo conocer cuales son los sistemas y las relaciones de producción y de intercambio de ese país, de esa sociedad. Sin este conocimiento se podrán compilar monografías parciales, disertaciones útiles para la historia de la cultura, se recogerán reflexiones secundarias, consecuencias distantes, pero no se hará historia, la actividad práctica no se percibirá en toda su sólida compatibilidad.

Los ídolos se derrumban de sus altares, las divinidades ven como se disipan las nubes de incienso perfumado. El hombre adquiere conciencia de la realidad objetiva, se adueña del secreto que hace jugar la sucesión real de los acontecimientos. El hombre se conoce a sí mismo, sabe cuánto puede valer su voluntad individual y como ella se potencia obedeciendo, disciplinándose a la necesidad y termina dominando la necesidad misma e identificándola con sus propios fines. ¿Quién se conoce a sí mismo? No el hombre en general , sino aquel que sufre el yugo de la necesidad. La búsqueda de la esencia histórica, el fijarla en el sistema y en las relaciones de producción y de cambio lleva a descubrir como la sociedad de los hombres se escinde en dos clases. La clase que retiene los instrumentos de producción se conoce ya necesariamente a sí misma, tiene la conciencia, aunque sea confusa y fragmentaria, de su poder y de su misión. Conoce sus fines individuales y los realiza a través de sus organizaciones, fríamente, objetivamente, sin preocuparse si su camino resulta empedrado de cuerpos extenuados de hambre, o por los cadáveres que quedaron en el campo de batalla.
La sistematización de la real causalidad histórica adquiere valor de revelación para la otra clase, se convierte en principio de orden para el exterminado rebaño sin pastor. El rebaño adquiere conocimiento de sí, del deber que actualmente debe desarrollar para que la otra clase se afiance, adquiere conciencia de que sus fines individuales permanecerán en puro arbitrio, pura palabra, veleidad vacía y enfática mientras no tenga los instrumentos, mientras la veleidad no se transforme en voluntad.

¿Voluntarismo? La palabra no significa nada, o está utilizada en el sentido de arbitrio. Voluntad, marxísticamente significa conocimiento del fin, que a su vez significa noción exacta del propio poder y de los medios para expresarlo en la acción Significa por lo tanto en primer lugar distinción, individuación de la clase, vida política independiente de ésta con respecto a la otra clase, organización compacta y disciplinada en los fines específicos propios, sin desviaciones y vacilaciones. Significa impulso rectilíneo hacia el fin máximo, sin acampar sobre los verdes prados de la cordial fraternidad, conmovidos por las verdes hierbecillas de las tiernas declaraciones de estima y de amor.

Pero es inútil el adverbio “marxísticamente”, y por el contrario puede luego dar lugar a equívocos y a inundaciones fatuas y palabrerío. Marxistas, marxísticamente ...adjetivo y adverbio deteriorados como monedas pasadas por muchas manos.
Carlos Marx es para nosotros el maestro de vida espiritual y moral, no un pastor armado con una vara. Es quien despierta de la pereza mental, es quien estimula las energías que dormían y se deben animar para la gran batalla. Es un ejemplo de trabajo intenso y tenaz para alcanzar la clara honestidad de las ideas, la sólida cultura necesaria para no hablar en el vacío de las abstracciones. Es un bloque monolítico de humanidad sabia y pensante, que no se cuida la lengua para hablar, no se pone la mano en el corazón para sentir, pero que al construir silogismos férreos que envuelven la realidad en su esencia, y la dominan, que penetran en el cerebro, derrumban las sedimentaciones de prejuicios e ideas fijas, robustecen el carácter moral.

Carlos Marx no es para nosotros el chiquillo que llora en la cuna o el hombre barbudo que asusta a los sacristanes. No es ninguno de los episodios anecdóticos de su biografía, ningún gesto brillante o grosero de su exterior animalidad humana. Es un vasto y sereno cerebro pensante, y un momento individual de la afanosa búsqueda secular que la humanidad realiza por conquistar la conciencia de su ser y de su devenir, por tomar el ritmo misterioso de la historia y hacer desaparecer el misterio, para hacer más fuerte el pensar y operar. Es una parte necesaria e integrante de nuestro espíritu, que no sería lo que es, si él no hubiese vivido, si no hubiese pensado, si no hubiese hecho saltar chispas de luz en el choque de sus pasiones y de sus ideas, de sus miserias y sus ideales.

Al glorificar a Carlos Marx en el centenario de su nacimiento, el proletariado internacional se glorifica a sí mismo, su fuerza consciente, el dinamismo de su agresividad conquistadora que va destruyendo el dominio del privilegio, y se prepara hacia la lucha final que coronará todos los esfuerzos y todos los sacrificios.

(1) El centenario del nacimiento de Marx  (5 de mayo de 1818)

De: Scritti Politici de Antonio Gramsci
Editori Riuniti, Roma, 1971, pág.120.
Traducción de Nancy Carvajal.

 

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