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Mientras haya posibilidades de cambios
sin guerra civil, el pueblo debe practicarlas
...Soy un revolucionario, estimados amigos, pero creo que
mientras en el país haya posibilidades de cambios sin
guerra civil, el pueblo debe practicarlas para transformar
una estructura política que le da el privilegio a latifundistas
y banqueros que domina el capital extranjero, pero me manejo
con una doctrina y una orientación que han normado
más de cuarenta años de mi vida, el marxismo-leninismo.
Pero yo pregunto: ¿Y los jóvenes que entran
a la vida nacional y que se encuentran un día con que
lo que se planteó como moral era la ventaja de unos
pocos, que lo que se planteó como patria estaba negociado
en el mercado internacional de los empréstitos, que
lo que se planteó como la intangibilidad de las tradiciones
era negociado en pactos sin principios?. |
Y esos jóvenes, principalmente en su inmensa mayoría
juventud venida de las capas medias, por lo tanto, desde mi punto
de vista -desde el punto de vista del marxismo-leninismo- propensos
a la vacilación, al radicalismo, a las fluctuaciones bruscas,
entraron a la vida del país y así como yo, marxista-leninista,
revolucionario obrero, pensaba que el problema fundamental era
el de enfrentar el despotismo, la violación de la Constitución,
por la unidad de las masas obreras y populares y abrir un nuevo
rumbo en la República, ellos creyeron en una realidad determinada:
que si tomaban un arma, que si conspiraban, que si tramaban determinadas
acciones por minorías organizadas y decididas, iban a acelerar
la revolución en el país. Desde el punto de vista
filosófico, el suyo era un acto voluntarista.
¿Problema sociológico o problema de policía?
No hay ninguna revolución que no la haga un pueblo, pero
para determinadas acciones sensacionales, heroicas o no, pueden
bastar minorías sacrificadas, impulsivas, efervescentes.
Entonces, ¿este es un fenómeno sociológico
profundo, político, o es un problema de policías?
La historia ya conoce la actitud de Rosas de nombrar al Jefe de
Policía, Director de Enseñanza. Pero también
aquí hubo un Ministro que en el Senado, en medio de este
drama, dijo que toda la cuestión social y todo lo que se
planteaba era un problema de policía. Entonces, si esto
es así, lo único racional y serio en el planteamiento
del gran problema nacional, es comprender que debe abrirse el
camino a una pacificación auténtica, cesar la política
de exterminio y reabrir los caminos de la acción democrática
en la República. En este sentido, el problema de la paz
es el problema de la democracia, dentro de la cual la lucha de
clases, económica, política y de ideas, deberá
desarrollarse en otro cuadro.
Nosotros creemos, desde luego, que paz auténtica, paz sin
miedo, paz sin hambre, paz sin opresión, paz sin negociado,
no puede haberla definitivamente si no se acaba con la explotación
del hombre por el hombre y de una nación por otra. Pero
en el corto plazo se debe escoger si la República resuelve
los temas que tiene por delante con medidas de exterminio o de
pacificación. Y esto es lo que no se nos ha querido entender
cuando lo planteó con gran altura el General Seregni en
medio de esta situación política que pudo haber
sido mucho más sangrienta de lo que se ha desarrollado.
Repito que mucho más sangrienta.
La propuesta pacificadora del Frente Amplio
El Frente Amplio pudo adoptar una actitud simplemente de crítica,
de fiscal de la historia del país. Era oposición,
había sido golpeado, calumniado; fue víctima de
atentados. Contra él se lanzó la campaña
sincronizada más violenta de la historia de la República.
Podría simplemente manifestar: hemos dicho tal cosa, hemos
planteado tales problemas que eran las soluciones reales. La vida
lo está comprobando. El Frente Amplio quiso hacer más
que eso y por vía del General Seregni, en la hora más
dramática, cuando estaba fresca la sangre que la tierra
no pudo cubrir, de nuestros ocho compañeros, estableció
las condiciones para el “alto del fuego” y de lucha
por una paz auténtica en la República. Quiso con
ello ahorrarle sangre inútil al pueblo, salir al paso a
la llamada “lógica de la guerra” que va devorando
la vida institucional y política, reduciendo a jirones
la Constitución y las instituciones democráticas,
con una desembocadura potencial de tiranía brutal y/o guerra
civil. Era un planteamiento de lucha, una perspectiva de masas
en lucha por la paz y la democracia, que objetivamente podía
llevar a la coincidencia de todos los adversarios de un desenlace
fascista, con vistas a reabrir el cauce democrático nacional.
No era, pues, simplemente una plegaria, un planteamiento utópico
o una especie de rezo -no debe entenderse esto en un sentido disminutorio-
para que haya paz. Eran planteamientos razonables y proposiciones
constructivas basadas en la lucha obrera y popular.
La paz auténtica de la República reclama cambios,
transformaciones fundamentales en la estructura del país.
De inmediato estábamos dispuestos a sacrificar nuestra
intransigencia combatiente e irreductible en algunos aspectos,
si la República resolvía un alto del fuego, que
nos hubiera ahorrado sangre de jóvenes insurgentes, sangre
de oficiales o soldados, sangre de ciudadanos, caídos por
balas perdidas, sangre de gente muerta por torturas. Eso se tomó
poco menos que como un planteamiento demagógico y los cocodrilos
de alguna prensa y de algunos sectores de la oligarquía,
llenados de oro con la sangre y el latrocinio del pueblo, vinculados
a todos los negociados y todas las corrupciones...(¡Muy
bien!). . . miserables explotadores de la República dijeron
que estábamos levantando una consigna hipócrita
cuando en verdad estábamos tomando el pulso a la nación.
El revolucionario es responsable de sus actos
Ningún revolucionario en el verdadero sentido de la palabra,
que no alude a métodos sino a transformaciones profundas,
deja de hacerse responsable de sus actos.
Hace bien poco rendimos homenaje a Jorge Dimitrov, gran figura
del antifascismo y del comunismo internacional. Dimitrov en el
tribunal de Leipzig dice: “Nosotros no tenemos política
por partida doble, una doble contabilidad política e hicimos
un partido de millones de personas. No podemos decir una cosa
pública y otra privada. Tenemos una sola orientación
y una sola línea”.
Y no defiende su coartada personal sino el honor de su línea,
de su orientación de masas, de su criterio contrario a
la idea “putchista”, golpista, contraria al marxismo,
de las minorías transformadoras. Es decir, que el Frente
Amplio planteó un gran tema nacional para su solución.
Y llegamos aquí y estamos en las mismas.
Oí atentamente decir al señor Ministro -no quise
interrumpirlo- que en tal Departamento queda un porcentaje de
sedición -para emplear la palabra de moda- que en tal otro
quedó un poco más para liquidar, que en otro de
más allá, menos. ¿Y cuántos miles
ya son los presos y cuánta la sangre caída?. Y nosotros
no somos simples pacifistas. El diario “El País”,
en un artículo deleznable, dijo que yo expresaba que no
era pacifista en el sentido común de la palabra; yo diría
en el sentido llorón de la palabra. Ya lo hemos dicho:
somos revolucionarios, queremos cambiar el país. Y el día
que nos mataron ocho compañeros dijimos: no nos hablen
de paz mientras nos matan; somos muchos, tendrán que matarnos
a todos. Pero eso no nos obnubila la cabeza ni la responsabilidad
sobre los problemas nacionales y acerca de cuál es el verdadero
camino de una solución para la República, que no
puede ser el de ensangrentarla irresponsablemente o atemorizarla
cuando la realidad está ofreciendo otras posibilidades.
[... ]
...tendríamos que ser ajenos al pueblo en que nacimos,
tendríamos que ser ajenos al sentido de humanidad, si no
nos preocupáramos por cada gota de sangre que corre; pero
eso no se mide según la ley del embudo, según uno
esté arriba y el otro esté abajo. Eso se mide por
la cantidad de sangre que se va a derramar y para qué se
va a derramar. ¿Adónde va el país?. ¿A
la guerra civil, más tarde o más temprano?. ¿A
una dictadura?. ¿A un régimen de libertades cercenadas
y de leyes excepcionales permanentes?
[...]
En este momento el Uruguay conoce dos documentos sobre la actividad
del Gobierno: uno, el mensaje sobre prórroga del estado
de guerra y suspensión de las garantías individuales,
aplicada -como lo ha señalado el señor Diputado
Bruschera- cien mil veces fuera de las normas constitucionales
y, en segundo lugar, la Carta de Intención firmada por
el Ministro Forteza.
Esos son los dos actos políticos que presiden la vida nacional.
El uno, los expedientes de la represión y su continuidad,
en medio de una inmensas crisis nacional. El otro, el documento
de la continuación de una orientación económico-financiera
que ha llevado al Uruguay a sus actuales abismos. Y mientras tanto,
en la calle, la sangre corre, las detenciones llegan a miles,
el respeto o no a la Constitución pasa a ser tema académico,
dentro de la lógica de la guerra, los atentados comienzan
a cobrar víctimas sucesivas, y sigue lo que llamamos, en
un momento determinado, la espiral de la sangre.
La protesta obrera y popular
Por otra parte, al costado de esto y enlazándose en esta
situación, el crecimiento permanente de la protesta y la
reclamación de grandes masas obreras, populares, sindicales,
de agricultores, de ganaderos, de viticultores, de plantadores
paperos, remolacheros, comerciantes, carniceros, que van a la
lucha por múltiples razones, y cada Ministro, inclusive
el que va al Congreso de la Federación Rural, es prácticamente
un hombre que ataja papeles contra el viento. Y la verdad es que
al mismo tiempo la minoría que expolió al país,
que aprovechó de los años pasados, el pequeño
núcleo de banqueros, de grandes latifundistas, de grandes
comerciantes y monopolios extranjeros que explotaron a la República,
gente sin divisa, bipartidistas o no, siguen aprovechando todo
esto y siguen saqueando a la República: los dólares
se van al extranjero, tendremos veda de carne, los frigoríficos
están parados, y los bancos subvencionados. Mientras tanto,
estado de guerra, suspensión de garantías, medidas
de fuerza.
El Presidente de la República, a quien interrumpimos en
la Asamblea General porque lo veíamos como la expresión
de un régimen que veníamos soportando, proclamó
que deseaba una apertura. Y como dijo el General Seregni en su
discurso ¿puede haber apertura, retorno democrático
dentro de este cuadro?. Nosotros contribuiremos, claro está,
a toda apertura democrática; a todo alejamiento del espectro
de la tiranía que ha estado presente en el país.
Todo esto muestra la verdad del planteamiento de la lucha por
la paz o la pacificación, o como quiera llamársele,
que ya se ha transformado en consigna fundamental del Frente Amplio.
Ya dije que no es una plegaria ni un gesto de pacifismo llorón.
Es el planteamiento de cómo abrir en el Uruguay el restablecimiento
de una vida democrática y de una solución para que
la lucha se defina en el campo real de las ideas, porque mientras
el país no tenga necesidad de que se derrame sangre -y
los uruguayos tienen una larga historia de sangre detrás
de sí-, nunca se debe jugar esa carta suprema y apostar
a ella.
El movimiento de masas señala el camino
Quiere decir que este es un ciclo fatal, es una repetición
histórica, pero que ahora es mucho más dramática,
porque tal como lo anunciamos a los señores Ministros de
Economía y Finanzas y de Defensa Nacional en los debates
sobre las Medidas Prontas de Seguridad, eso conducía al
Uruguay a una siniestra espiral de sangre, que si no pudo ser
mucho más grande, que si no se transformó en una
Guatemala total, fue porque una parte fundamental y mayoritaria
del movimiento obrero y popular opinaba que el movimiento de masas
era el camino, y de su seno nació el Frente Amplio, y porque,
además, fuerzas fundamentales de oposición empujaron
para otro camino.
¿Dónde estaría la República, si no,
en el momento actual? ¿Y es poco dónde está?
¿Es poco tres mil, cuatro mil, cinco mil presos? ¿Es
poco cien, doscientos, trescientos muertos? ¿Es poco que
las Fueras Armadas hayan tenido que transformarse en fuerzas de
Policía, encubiertas bajo el nombre de la guerra, pero
en la realidad con funciones policiales? ¿Es poco todo
lo que se ha visto acá? Esto hay que plantearlo así,
y si hay éxitos y golpes dados por las Fuerzas Armadas
a los tupamaros o no los hay, no cambia la situación. Cambia,
desde el punto de vista de una correlación militar determinada;
cambia, desde el punto de vista de que se conduce al país
a una nueva situación basada en la fuerza. Pero, ¿cambia
en cuanto a las causas, a la etiología, a las bases profundas,
a las razones del fenómeno, a lo que va a ser el destino
del Uruguay?
Se habla de lo que queremos para los jóvenes -y todos tenemos
hijos aquí-, y yo digo: ¡Sacrosanta la rebeldía
de los jóvenes, equivocados o no! ¡Peor que fueran
jóvenes sumisos y castrados!.
Oligarquía y pueblo
Por lo tanto, la pacificación como la planteamos nosotros
no era hija de una victoria o de una derrota militar; no era hija
de un resultado. Era hija de un gran planteamiento nacional, mirando
las cosas de fondo. Invocaba un camino para restablecer la democracia
en el país, para encarar los problemas de fondo, pues en
la República aparecían dos frentes claros: oligarquía
y pueblo. Y aun cuando teníamos marcadas en el corazón
las huellas de los ocho muertos nuestros, dijimos: no hay que
confundirse: el problema no es Fuerzas Armadas - clase obrera.
Eso desdibuja el fenómeno. El problema es oligarquía
y pueblo, tengan sotana, ropas de obrero u uniforme. Oligarquía
y pueblo: esta es la gran división que está en el
fondo del gran drama de la República, mayor todavía
si pensamos que los textos oficiales de estudio del Estado Mayor
brasileño plantean al Uruguay como el objetivo próximo
de colonización dentro del gran Brasil: mayor aún
si pensamos que un país pequeño como el nuestro,
situado en el apéndice sur de esta América dominada
por el imperialismo, o se salva manteniendo sus valores esenciales
del pasado y sus mejores virtudes, y resolviendo sus problemas,
o se hunde, aun con el riesgo de la pérdida total de su
soberanía y de su independencia, como lo decía muy
bien el General Seregni.
Por eso mismo es un gran error lo que se nos señala y plantea:
“5í, ¡la democracia!. ¡Se la está
salvando!” He polemizado aquí con un señor
legislador muy inteligente que decía: la división
es entre marxismo- leninismo y los demás. No, ésa
es una contabilidad inventada por la oligarquía y por los
que tienen los dedos sucios. En el momento actual, la alternativa
que se plantea al país es democracia, o fascismo y sangre,
o fascismo y guerra civil o fascismo y seguir en esta espiral
siniestra de la “guatemalizacióri”. Ese es
el planteo real pero dialéctico. Y nosotros, que aspiramos
al socialismo, que entramos en la vida política a los catorce
años, que seguimos en la misma línea, que hemos
escrito, hablado y defendido siempre nuestro pensamiento revolucionario,
no somos indiferentes a que el país se dirija hacia la
dictadura o hacia la democracia. [...]
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